banner rumbord final

El desertor Enrique Blanco (1936)

SANTO DOMINGO.- Un hombre solo caminando en la noche destemplada. Un hombre solitario y “mal comido” con la vieja chamarra militar curtida de nostalgias. Un hombre rustico destocado, estropeado, sudado, con los pies hinchados y encallecidos. “Un mulato prieto y grande, de cara redonda”, encogido por las dificultades. Un hombre de pelo negro, ojos pardos, con un bajo a “macutico salteador”, interrogando el sino de todos los caminos.

La fantasía popular “entumecida”, viuda de caciques y caudillos, “traumada” en sus guerrillas y revueltas “desmadradas”, renqueando, cojeando, detrás de ese hombre sin parciales. Siguiéndole los pasos con la lógica de los desahuciados, husmeando peripecias “cimarronas”, gestas “chuecas”, embustes y cuentos de camino. “Jirviendo” su soledad con las “rabizas” de los víveres cuando aparecen. Ambas entidades, hombre solo de Don Pedro Tamboril y fantasía popular inagotable, reñidas con el tiempo. Ambas  gastadas en sus nostalgias, remendadas, trastocadas. Ambas exaltadas por la fabula ancestral del heroísmo torpe y la gloria barata de los “mamarrachos”. Ambas mareadas por el perfume carísimo del benefactor. Aleladas  por las plumas de su bicornio de guacamayo tropical.

Deslumbradas por el brillo de las condecoraciones bufas, cautivadas y sugestionadas por el filo peligroso de su palabra martillada y la música pegajosa de sus merengues. Ambas víctimas de sus “juegos pesados”, sus cambios de humor y sus rabietas. Ambas deambulando sin sentido, sofocados, jadeantes, exhaustas, “botando el bofe”, con los “ojos brotados”, el ánimo ofuscado, engranojada la piel de la esperanza. Ambas  espantadas, con la “carne de gallina”, con los nervios crispados, el miedo resbalándose por los pellejos sudorientos de la rabia y la impotencia. Ambas entidades fatigadas por el tiempo, huyendo de la “tenaz persecución”, subiendo el “repechito”, bajando la cuesta, “cogiendo un airecito” en las cañadas, dejándose morder por el frio de la madrugada. Hombre solitario armado solo con revolver. Un crucifijo, varios resguardos y cadenas, dos pantalones superpuestos, una bayoneta, una linterna, un par de “calza pollos”. Hombre solo con revolver, trashumando por las viejas memorias y la imaginación añeja del pueblo desarmado proclive a los derrumbes. Era el menor de seis hermanos, nacidos para el campo. Poco instruido, “bebedor, peleador, jugador y mujeriego”. La fantasía popular desbordada, exaltada, alterada por el miedo, siguiéndole los pasos, amarrada a su correa, atada a sus propias conjeturas parturientas.

La fantasía rancia rondando a Enrique Blanco y su leyenda que huye. Rondándo su turbia humanidad como perro faldero que come de sus migajas magras. El pueblo en calma, sometido al orden, delegando en secreto y con miedo sus nostalgias mostrencas en ese hombre solitario y adocenado que huye de sí mismo. Purgando en este desconocido torvo sus manías centenarias. Relegando en su intrascendencia y su ignorancia sus  dilemas, ese deseo ancestral de “coger el monte” un día cualquiera. Coger la de “Villa Diego”, alzarse en armas, mandar al carajo la autoridad, amanecer con el monte en la cabeza y largarse a la manigua para ver si es verdad que “el gas pela” o que el “maco hecha pelos”. Ambos  atrapados en los derrumbes de  su pobreza centenaria, atorados en su vieja realidad, “atrabancados” en sus delirios, pagando el vicio de su mala costumbre. Ambos alzados, entrotados, enguerrillados, insurreccionándosele a los nuevos tiempos. Renegando  del sentido común, de la sensatez, de la cordura. Ambos sacándole el cuerpo a los senderos, a los claros, a los pelados, “botando la vereda”, agachándose a beber en los arroyos, “añingotado” en su cansancio, de cuclillas sobre su propia suerte. No dejándose ver, vacunándose contra el “chivateo”, la delación, “el cotorreo”, escondiéndosele a los mirones, al alcalde fisgón y sus “calieses”, a las comadres y a los compadres, al ahijado “jablador”, al primo y al sobrino embustero, al maestro rural, al cura pendenciero. Dormir de día en el “tabuco”, en la cuevita, en la “jardita”, detrás de la piedra grande, en el conuco o el corral abandonado, en el rancho deshabitado o encaramado en una mata. La “guardia amarilla” siguiéndole las huellas, pisándole los talones.  Dormir de día con un “ojo abierto y con el otro cerrado”. No dormir dos veces en el mismo sitio. Dormitar mientras caminas y empujas la madrugada al vertedero ese, donde suele desaguar el cielo. “Marotear”, “ramajear”, merodear juntos por los trillos retorcidos, “conuqueando”, con la lógica voraz del apetito, cogiendo un poco de aquí y de allá, mascar tabaco, rumiar distancias recorridas, “mascullar” los rumores del sendero.  Mascar yerbajos,  y “frutas nuevas” para engañar las tripas, esquivando el hambre que a ambos los hace “ver nimitas”.

El afán ese de no “empendejecer” después de todo. La fatiga que los hace ver “celajes”, siluetas con polainas, con fusil, con bayonetas y sombreros panza de burro. Escuchando pisadas lejanas, galopes interdictos, murmullos criminales, ecos asesinos que se encrespan en las lomas detrás de sus temores. Los ecos de las patrullas parlanchinas, los resuellos del teniente barrigón, los sofocos del mulo y de la mula. A lo lejos el sonido insinuante de un acordeón que alguien “estérica” en la distancia.  Los “pollitos del jefe” siguiéndole las huellas, preguntando aquí y allá, repartiendo el miedo y el temor en los parajes, soltándole soga y recogiéndosela, y él, “juyendo” solo, con su propio fantasma y el orgullo “pendejo” de que su cabeza tiene un precio miserable.  El sargento fogoso y el cabo “jodedor” que le pisan los talones entre refranes, marrullas, faldas y tragos de ron. Los jefes de puesto soñándose con él, rogándole a Dios que se los ponga bajito, fácil y mansito, para pescar dos rayas y seguir macuteando pidiendo “los tres golpes”. El coronel de Santiago “vuelto loco” con la delación, el rumor, la bola, el chismoteo, “que lo vieron allí, que lo vieron aquí, que cruzó por allá, que tiene un “dormidero”, un “comedero”,  una “mujer preñada” y un “turpén” que lo ayuda.

Que se fue para Haití. Que quizás lo mataron hace tiempo. Que de noche se convierte en “galipote” o en “bacá”. La mamá que es media bruja que lo auxilia. Que está ensalmado, preparado, resguardado, untado, tocado, santiguado. El jefe que cada cierto tiempo pregunta que si ya le “rompieron las nalgas al pendejo ese”, que si lo “destutanaron”, y “que va gallo que va”, el hombre que no aparece, que no deja rastro, que no baja al pueblo, que no da pechuga, que no suelta prendas, que no pasa dos veces por el mismo trillo, ni se “enchula”, ni se amansa.

Enrique  está cansado y quiere poner fin a la “jodienda”, quiere encontrar a alguien que remate su leyenda y cobre la recompensa. Son cuatro años “juyendo”, con los dados en los bolsillos. Durmiendo poco, comiendo mal sin “rajarse la barriga”. La ropa vieja gastándosele encima, sin jugar gallos, ni virarse con el “vironai”. Son cuatro años con “Tatica” y San Miguel al hombro, haciendo de la devoción complicidad certera. El conoce muy bien la cuestión esa. Se enganchó en la capital siendo muy joven cuando Horacio ganó en el 1924 y era drástico, duro e inflexible a la hora de meterle los pelos para adentro a los civiles. Arbitrario con los paisanos, mandaba más que los “cabos flojos” y los sargentos “mamacitas”.

Por ser fuerte y abusador en las patrullas, los tenientes le perdonaban los desastres del “romo”, la “montadera” y de la “jugadera”, hasta que en el 1928 hubo que “darle de baja” por “faltador” y ni la brujería lo salvó entonces de que lo “botaran”. En el 1930 se enganchó de nuevo y fue destacado en la Fortaleza Ozama, llamada “la cueva de los leones” en la capital, hasta que “un romo mal tomado” en un bar de “Borojol” lo hizo desertar en el 1932, llevándose el revólver. En mayo de 1934, en un encuentro con una patrulla que lo perseguía en la sección del Ingenio de Santiago, mata al sargento Teodaberto Blanco y entonces su situación se complica todavía más con la justicia. Dos años después de esquivar hasta su propia sombra, en noviembre de 1936, según informa el Listín Diario en su edición del día 27, fue en la Sección del “Aguacate Arriba” de Moca  cuando el señor Delfín Álvarez “acribilló” a balazos al “desertor”. Al pueblo de Santiago lo llevaron entonces para enseñarle a la gente sus miserias.

29 años tenía el alzado cuando murió o lo murieron. El pueblo entonces, como si llorara sin llorar un espejismo turbio de sus últimas nostalgias, cantaría diciendo: “Pobre Enrique Blanco se fue pa’la loma, de allá lo bajaron como una paloma”.